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viernes, 31 de julio de 2015

Purificación - José Tedesco y "Elise" (seudónimo) 31/7/2015

La encontró en un jardín a las afueras de su edificio, tocándose la espalda mientras se abrazaba a sí misma y la sangre goteaba sobre los adoquines redondos y maltratados. Su aspecto era el de una chica normal, aunque demacrada por un peso invisible. Dio algunos pasos hacia ella y el sonido hizo que levantara el rostro. Sus ojos eran completamente negros, como si no le quedara nada por dentro, como si la galaxia que alguna vez existió en su cuerpo se hubiera extinguido en una maldición de explosiones que quemaron sus estrellas y soles. Hizo el amago de huir , pero algo la hizo quedarse, matar la cobardía. Entonces, para callar su miedo, habló:

—Tranquila –le dijo con cuidado, como si de un animal herido se tratase.

Se acercó en silencio, cautelosa, y posó su mano en el cabello castaño y mal cortado de la chica.

—Me las han arrancado –murmuró en una voz que resonaba con un eco vago. Entonces ella decidió que aquello no era una chica, sino una criatura.
—¿El qué?
—Las alas –respondió, y se apretó la espalda, tanto que la sangre burbujeó. Eris encendió dos cigarrillos: uno para sí misma y el otro para el ángel, o lo que fuera aquella pequeña pálida y asustada. Fumó ella primero, para mostrarle cómo se hacía, y la vio ahogarse con el humo.

—Algunas criaturas no están hechas para volar –le dijo, con toda la suavidad que se le antojó pertinente.

Desde el momento en que la vio, sabía perfectamente de qué se trataba el encuentro y cuál era su responsabilidad esa noche. Por eso intentó correr, pues no estaba segura de querer enfrentarse a tal empresa. Sin embargo, esos ojos negros...

El punto es que ahí estaba, fumando junto a aquel vestigio que parecía demacrarse un poco más con cada miserable calada. Espero pacientemente y encendió dos cigarrillos más apenas notó que ella estaba por terminar el suyo: no quería darle tiempo de pensar, porque pensar iba a complicar más las cosas. Mientras más tiempo pasaba junto a ella, más simétricos iban haciéndose sus movimientos... más delicadas las caladas, más mortales las miradas. Hablar importaba poco ya, por el riesgo de pronunciar las mismas palabras.

Esa desgraciada lo sabía, y también estaba completamente consciente de que sus ademanes y sus miradas no tendrían sentido ya. Ella sabía por qué se había quedado sentada y por qué había ido al mismo tiempo a su propio encuentro.

Alzó la mano para abofetearla por instinto y se encontró con una fría barrera en el medio. Alzó entonces la mirada y se encontró frente a frente consigo misma. Siendo consciente de que el momento de la "limpieza" había llegado finalmente, extrajo el cuchillo de su bolsillo y se rebanó el cuello.

Mi recurso literario (22/6/2015)

Febrero se fue con la dama negra, mientras yo arrancaba las metáforas de las paredes de mi casa. El rocío caía, goteando sobre mi alfombra, y yo te amaba... te amaba.

La paga semanal llegó en una misteriosa carta carmesí que me recordó a tus labios, a la par que un violín quedaba encerrado en una monstruosa cúpula, sonando solo... siempre solo.

El sonido de los pasos me trajo la esperanza amarga de verte cruzar el umbral con tu rostro inexpresivo de costumbre y tus ojos sedientos, llenos de vacío.

La silueta demoníaca de aquel ser desalmado fue inminente. Lo esperé como se espera una catástrofe: brazos cruzados y mirada ausente.

—Confiesa –me espetó apenas me tuvo cerca.
—No hay nada que confesar: ella va a regresar.
—Mientes.
—Igual no estarás aquí para comprobarlo.

Me atravesó el pecho con una de sus heladas manos y todo se puso negro. Combatimos en su territorio por un rato, mientras goteaba azabache en mi silla. Al cabo de un rato se fue (aunque yo sabía que no sería la última vez), porque no salías de mi mente y él no podía dañarme así.

Desperté encendiendo un cigarrillo mientras amanecía, y volví a escuchar unos pasos aproximándose.

Cruzaste la puerta como llegando a casa y encontré de nuevo mi recurso literario favorito: tu mirada. Te abrazaste a mis sonrisas a tu antojo y yo te entregué con un poco de pena todas mis metáforas, algunas con restos de pintura deshojada.

Y al que venga a buscarnos le contaré que somos un bonito oxímoron, y prepararé un té justo cuando comience a brillar la luna.

No sé cuándo tiempo te quedarás, pero sé que vas y vienes. Sólo te pido una cosa: cuando tengas que irte, bésame los ojos y déjame dormido hasta que regreses.

Ahí estaremos (21/6/2015)

De planes y sombras, de calles y juicios, de sed y de vértigo... en la curva de los labios del cuervo, en la curva de mi cimitarra; en los pasos imperceptibles en tu ventana... ahí estaré, ahí estarás, ahí estaremos. Donde se bañen de gris brillante los ríos, donde se escondan los nómadas, reacios y traicioneros, ahí estaré, con mi estocada certera, con el ímpetu en la hoja y en la piel que se desliza sobre ella... ahí estaremos.


Si corres, debes saber que no hay abismo, que no hay espina, que no hay infierno lo suficientemente puntiagudo, que no hay veneno más potente, que ahí estaré. 

Si te quedas, debes saber que no hay momento, que no hay camino, que el sol se pone y ahí estarás, ahí estaremos.

Me gustan las ondulaciones de tu cabello porque se enredan en mis tobillos; me gusta la forma en que con una mano borras una cicatriz y con la otra me marcas la piel.

Entonces te detienes y saltas sobre la hoja, porque has pensado en una nueva frase que no puede esperar. Y me escribes la vida mientras yo te abrazo y te beso detrás de tus orejas saladas y delante de tus mejillas dulces, limpiando tus lágrimas ácidas y tomando el lápiz para hacerle justicia a tus ojos picante oscuro.

Del alba y de los ojos cansados, de dientes y de sonrisas, toma mi mano y ahí estaré... ahí estaremos.

Un ejército de constelaciones (16/6/2015)

—Míranos –le dije, con la mirada perdida todavía, navegando en el perfume de los recuerdos latentes, mientras paseaba mis dedos por una vena de sus delicadas manos, que se dividía y luego volvía a hacerse una.

Los cabellos de ella se desparramaban por la almohada, en círculos simétricos y asimétricos. Un curioso desastre.

—Tienes tantas constelaciones guardadas en esos ojos –proseguí con la voz suave y dulce que le dedicaba sólo a ella– que siento como si ensancharas mi mundo un poco más cada tanto que me miras.
—¿Duele?

Así era ella, y a los oídos del resto del mundo pudiese haber sonado despiadada, pero esa mueca ligera, casi imperceptible, hacía que para mí todo valiera la pena. Me acerqué un poco más a su ser y la abarqué, como si volara en su regazo y fuera a caer si la soltaba. Luego de eso fue que respondí:

—Hace cosquillas, de hecho.
—Me refiero a la herida, tonto.

Apuntó con su dedo índice a la línea diagonal que estaba en mi pecho y fue cuando noté que estaba sangrando de nuevo. Con cada inhalación, la herida se abría un poco, como una gran boca, y apartar la mirada de sus constelaciones hizo que comenzara a sentir un ardor infernal. Decidí mentir para devolverle la sonrisa:

—Sólo molesta un poco. Descuida.

Y sus muros (todos y cada uno de ellos) resultaron abatibles ante la forma en que la besé esa noche. Aberración era no nadar por todos los cauces visibles e invisibles que la recorrían.

—¿Cómo haces? –me preguntó a las horas.
—¿Para qué?
—Para luchar tanto y no perder. Para matarlos a todos y continuar en pie.
—Resulta –le dije entre besos y sonrisas– que tengo mil musas que abaratan mis combates. Mil musas, todas encerradas en tu cuerpo; todas con el mismo aroma. Estás en mí, luchas conmigo... y nadie más tiene tal ejército respaldándolo.

Me di la vuelta a tiempo para ver cómo la manilla era forzada con suma cautela, intentando tomarme por sorpresa.

Las sábanas me pusieron mala cara cuando me levanté de la cama y coloqué a mi ejército de constelaciones sobre mi espalda. Los cuerpos comenzaron a caer, uno a uno, a medida que amanecía.

Psicología sublime (8/6/2015)

—Pase adelante.
Con paso seguro, entré en esa habitación opaca que yo tanto conocía. El tablero de ajedrez con piezas de cristal esperaba, listo. Abracé fraternalmente a mi amigo, quien detuvo momentáneamente su acción de servir dos tragos de un exquisito licor cuyo nombre desconozco y me devolvió el abrazo con el mismo ímpetu.

—Me alegro de verlo, amigo.
—Lo mismo digo. ¿Me toca jugar con negras?
—En efecto.

Eran aproximadamente las 2 de la mañana y mi día había sido una despiadada pesadilla. Me senté frente a las piezas negras y tomé un peón del costado izquierdo entre mis manos, para combatir la ansiedad. Le daba vueltas entre mis dedos y tenía una curiosa sensación con respecto a él. Estiré un poco mis piernas adoloridas y no tardé en encender un Marlboro.

Mi compañero me siguió pocos segundos después, depositando ambos vasos en la mesa, cerca de sus dueños.

—¿Todo en orden? –me preguntó con una mirada escrutadora.
—Creo que sabes la respuesta a esa pregunta.
—¿La chica de nuevo?
—Inevitable y placenteramente.
—Veamos –se limitó a decir, antes de comenzar la partida.

La inusual apertura Bird era algo a lo que nunca me había enfrentado, por lo que me detuve a pensar incluso antes de mi primer movimiento. Una voz me dijo, mientras dejaba de jugar con el peón en mi mano y lo colocaba de nuevo en su puesto con delicadeza, que estaba perdido. Fue desagradable sentirse momentáneamente derrotado incluso antes de hacer un movimiento, pero me deshice de la idea tajantemente, e inicié lo que consideraba el mejor contraataque.

La forma en que se libraba la guerra en el tablero me llevó a comenzar una maniobra agresiva con mis dos caballos, que mi oponente no tardó en notar:

—Como tu psicólogo, es mi deber decirte que, por la forma en que mueves los caballos, es evidente que estás enamorado de esa chica.

Lo miré, suplicando que estuviese bromeando, pero su mirada se mantuvo impasible y la verdad cayó sobre mí como una monstruosa ola, embistiéndome con toda su fuerza. Lo estaba, y el problema no terminaba ahí:

—El amor se combate con los alfiles, que son calculadores y se mantienen a distancia. No se puede herir a un alfil con facilidad; pero tu cambiaste tus dos alfiles por mis dos caballos y preferiste una danza agresiva y poco analítica. Y cuando menos te lo esperas, lo pierdes todo.

Lo vi antes de que siquiera levantara el brazo, pero no había absolutamente nada que hacer. Había caído de lleno en la trampa, y su alfil de casillas negras se deslizó por la gran diagonal, capturando a mi preciada dama.

Tomé a mi rey desesperado y pensé en devolverlo al tablero acostado, rindiéndome. Era lo más natural y razonable. Yo mismo me aburría cuando mi oponente continuaba jugando y se veía claramente derrotado. Sentí su soledad más mía que suya, impregnando todo el cristal. Pero hay veces que uno tiene que ver el final con sus propios ojos, por más obvio e inevitable que parezca. Puse el rey de nuevo en el tablero, de pie y sustituyendo al despiadado alfil... un alfil que decapité con un leve crujido.

—Si pierdo, te pago el tablero completo –me limité a decir quedamente.

La partida prosiguió como prosiguen este tipo de partidas: un animal al acecho intentando liquidar a un lobo herido. Avanzo tercamente el peón con el que minutos antes había estado jugando, mientras a cada turno mis esperanzas parecen desmoronarse con un nuevo intercambio de torres, de peones, de fuerza.

"Simplificar", lo llaman... preparar el terreno para poder asestar el golpe letal. Y otro avance del peón, un tanto resignado, efímera esperanza.

—¿Y si pierdes?
—No sé, ni quiero saberlo.
—Es inevitable.
—Tarde o temprano, supongo.

Y fue entonces cuando descubrí la jugada, justo cuando vestigios del olor de su piel me hacían extrañarla, como de costumbre... justo cuando mi lengua se paseó por lo pasillos de mis labios, encontrando aquí y allá las hendiduras, ahí donde sus dientes habían encontrado hogar. Agregué, mientras retiraba del tablero un cabello largo y azabache:

—Hoy no, sin embargo.

El sacrificio de uno de mis enamorados caballos era una jugada difícil de concebir.

—Al mejor estilo de los románticos –dijo mi psicólogo, anonadado.
—No te rindas, por favor. Necesito verlo.

Mi amigo, entendiendo la importancia del momento, tomó el caballo sin replicar. Dos turnos después, mi peón completó su viaje hacia la octava fila, y mi dama volvió más majestuosa que nunca, dando el jaque mate. Luego atendí al llamado de un par de ojos nocturnos y hermosos que me esperaban pacientemente al pie del edificio de enfrente. Me levanté, colocando una faja de billetes en medio del tablero.

—Es mucho.
—Por el alfil –dije, encongiéndome de hombros–. No quiero tener nada que ver con él.

Abajo cantaba la luna... la iba escuchando mientras bajaba por las escaleras, ansioso.

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miércoles, 3 de junio de 2015

De Caracas y la Melancolía - José Tedesco y "Elise" (pseudónimo) 3/6/2015

El líquido ambarino reposaba en la botella que habían vaciado a la mitad; la segunda de esa noche. La pesadez agobiante del alcohol se colaba en los tres hombres que permanecían sentados en el balcón, todos con sonrisillas tontas, ebrias. 

—Ciudad de mierda– dijo Diego, ante el barullo y las luces de Caracas.

Armando sólo contempló su silueta contra el resplandor de los faros de los carros que pasaban por la calle, sin pronunciar palabra. 

El tercer personaje, mayor que los otros dos, se levantó para dejar caer la colilla. La oscuridad permitió que la parábola roja quedara dibujada largamente en sus retinas:

—Caracas ha sido envenenada: se ha convertido en la amante puta de aquellos que creen que la patria es algo más que un verso. 

Lo dijo con aire quedo y dubitativo, como si se estuviera preguntando si él pertenecía a ese grupo. El ruido de los perros resonaba como un lamento maldito, como la agonía de la noche, como el llanto de una luna malograda, quebrada. Armando jugaba distraído con una piedra. Una lágrima silenciosa e inesperada aterrizó bruscamente en su mano derecha. Se salvó de que sus amigos se burlaran de él porque no se veía nada... "Los hombres no lloran".

Levantándose de golpe, Diego exclamó vagamente: 

—¡Qué importa! Dejemos los delirios a los poetas. Estancados ya estamos, nos unan o no lazos a este monstruo de concreto. 

Adrián ríe por lo bajo ante la declaración de su amigo y sirve más tragos. El alcohol siempre ha servido para ahogar lo que molesta, las vueltas al asunto. El ambiente se ilumina tenuemente cuando Diego revisa su teléfono, sonriente, y Adrián ya ve a su amigo enredado en los brazos de otra mujer de ojos encendidos.

— Tus "affaires" –dice, pronunciando exageradamente la palabra– te van a terminar matando. El muchacho guarda el teléfono y se encoje de hombros como diciendo: ¿Qué se le va a hacer?

Armando, ausente como de costumbre (quizá un poco más), deja escapar una risa queda y casi inaudible ante tal comentario.

—Cambia la música, Diego –dijo Adrián con suavidad, con el propósito oculto de apartarlo de su ensimismamiento. Bastaba con un amigo ausente, y no le gustaba la soledad.

Una figura delgada se levantó, desapareciendo tras una puerta entreabierta. Segundos más tarde, una música electrónica retumbaba en el ambiente, sin causar el efecto necesario. Entonces, Diego comenzó con sus historias absurdas para ver si disipaba un poco la nube melancólica. Todos los presentes reían de vez en cuando, quizá más de lo necesario, por efectos de aquel ron dulzón. Después de ponerse al día ( Armando hablando con naturalidad de a momentos y luego volviendo a su melancolía oculta), comenzaron a recordar el año en el que entraron a la universidad, y las risas disminuían a medida que los tragos y los cigarrillos aumentaban.

Era extraño: la edad se llevaba muchos problemas pero traía una conciencia estúpida, sobre-ejercitada. Y bueno, la conciencia puede corroer, puesto que te hace revisar cada paso con una precaución absurda.

¿O es, quizá, el miedo y la cobardía que vienen con la edad? La valentía se escurre entre los dedos y desaparece... (dos lágrimas más de Armando). El miedo es lo que te obliga a mirar atrás, a no querer cortarte dos veces con el mismo filo.

Poco a poco, ventana a ventana, la ciudad se iba durmiendo... pero ya basta de divagar.

Son las cinco de la mañana y no recuerdo cuándo me quedé dormido. Mi ropa está húmeda, seguramente por alguna bolsa de hielo que se ha derretido, olvidada en una esquina. Cuando trato de ponerme de pie, mis manos se empapan y resbalan. Lanzo una maldición entre dientes y me incorporo para buscar algo que absorba el agua... ¿el agua? Un movimiento quizá involuntario me llevó a pasar una de mis manos por mi boca. El sabor metálico fue insoportable y el miedo inmediatamente se esparció por todo mi cuerpo.

Cuando por fin se encendió la luz de la casa, mi grito desaforado acabó con la quietud del sitio. Creo que nunca olvidaré la figura de Adrián, sin ojos y completamente desangrado, y Armando, a su lado, con una, dos, tres lágrimas en el rostro... temblando, con la botella de ron en la mano. 

—Ciudad de mierda –juro que lo oí murmurar.

Wellfare, or not (27/5/2015)

El resplandor negro oscuro iluminaba el segundo piso del salón de costumbre, donde lagunas profundas y estancadas absorbían la delicada melodía... maniatadas marionetas mezcladas momentáneamente, miradas minuciosas, muertas, masacradas monstruosamente... maldita melancolía; ¡mírame, Misterio! ¡Miénteme menos! ¡Mátame más!

Abre tu deliciosa boca un segundo, deja la sangre escurrirse por los resquicios de tus dientes... y permíteme vertirme vorazmente...

-2?;421§,*;35§

...verde, vandálico, vete, Vladiamp.

?;40+-2+*2-+*7429

Goodbye, darling.

Seré tenue, discreto y tajante: dopo questa sera, "questo" non sarà (mai) lo stesso... y la sonrisa... y de nuevo las lagunas profundas y estancadas ahogando todo en el segundo piso... y yo ahí, sin respirar, escribiéndole a la muerte a pinceladas en una noche sin luna.

*41+*2+8§¿§6§¿§:§ð+*+-+1-2