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viernes, 31 de julio de 2015

Purificación - José Tedesco y "Elise" (seudónimo) 31/7/2015

La encontró en un jardín a las afueras de su edificio, tocándose la espalda mientras se abrazaba a sí misma y la sangre goteaba sobre los adoquines redondos y maltratados. Su aspecto era el de una chica normal, aunque demacrada por un peso invisible. Dio algunos pasos hacia ella y el sonido hizo que levantara el rostro. Sus ojos eran completamente negros, como si no le quedara nada por dentro, como si la galaxia que alguna vez existió en su cuerpo se hubiera extinguido en una maldición de explosiones que quemaron sus estrellas y soles. Hizo el amago de huir , pero algo la hizo quedarse, matar la cobardía. Entonces, para callar su miedo, habló:

—Tranquila –le dijo con cuidado, como si de un animal herido se tratase.

Se acercó en silencio, cautelosa, y posó su mano en el cabello castaño y mal cortado de la chica.

—Me las han arrancado –murmuró en una voz que resonaba con un eco vago. Entonces ella decidió que aquello no era una chica, sino una criatura.
—¿El qué?
—Las alas –respondió, y se apretó la espalda, tanto que la sangre burbujeó. Eris encendió dos cigarrillos: uno para sí misma y el otro para el ángel, o lo que fuera aquella pequeña pálida y asustada. Fumó ella primero, para mostrarle cómo se hacía, y la vio ahogarse con el humo.

—Algunas criaturas no están hechas para volar –le dijo, con toda la suavidad que se le antojó pertinente.

Desde el momento en que la vio, sabía perfectamente de qué se trataba el encuentro y cuál era su responsabilidad esa noche. Por eso intentó correr, pues no estaba segura de querer enfrentarse a tal empresa. Sin embargo, esos ojos negros...

El punto es que ahí estaba, fumando junto a aquel vestigio que parecía demacrarse un poco más con cada miserable calada. Espero pacientemente y encendió dos cigarrillos más apenas notó que ella estaba por terminar el suyo: no quería darle tiempo de pensar, porque pensar iba a complicar más las cosas. Mientras más tiempo pasaba junto a ella, más simétricos iban haciéndose sus movimientos... más delicadas las caladas, más mortales las miradas. Hablar importaba poco ya, por el riesgo de pronunciar las mismas palabras.

Esa desgraciada lo sabía, y también estaba completamente consciente de que sus ademanes y sus miradas no tendrían sentido ya. Ella sabía por qué se había quedado sentada y por qué había ido al mismo tiempo a su propio encuentro.

Alzó la mano para abofetearla por instinto y se encontró con una fría barrera en el medio. Alzó entonces la mirada y se encontró frente a frente consigo misma. Siendo consciente de que el momento de la "limpieza" había llegado finalmente, extrajo el cuchillo de su bolsillo y se rebanó el cuello.

Mi recurso literario (22/6/2015)

Febrero se fue con la dama negra, mientras yo arrancaba las metáforas de las paredes de mi casa. El rocío caía, goteando sobre mi alfombra, y yo te amaba... te amaba.

La paga semanal llegó en una misteriosa carta carmesí que me recordó a tus labios, a la par que un violín quedaba encerrado en una monstruosa cúpula, sonando solo... siempre solo.

El sonido de los pasos me trajo la esperanza amarga de verte cruzar el umbral con tu rostro inexpresivo de costumbre y tus ojos sedientos, llenos de vacío.

La silueta demoníaca de aquel ser desalmado fue inminente. Lo esperé como se espera una catástrofe: brazos cruzados y mirada ausente.

—Confiesa –me espetó apenas me tuvo cerca.
—No hay nada que confesar: ella va a regresar.
—Mientes.
—Igual no estarás aquí para comprobarlo.

Me atravesó el pecho con una de sus heladas manos y todo se puso negro. Combatimos en su territorio por un rato, mientras goteaba azabache en mi silla. Al cabo de un rato se fue (aunque yo sabía que no sería la última vez), porque no salías de mi mente y él no podía dañarme así.

Desperté encendiendo un cigarrillo mientras amanecía, y volví a escuchar unos pasos aproximándose.

Cruzaste la puerta como llegando a casa y encontré de nuevo mi recurso literario favorito: tu mirada. Te abrazaste a mis sonrisas a tu antojo y yo te entregué con un poco de pena todas mis metáforas, algunas con restos de pintura deshojada.

Y al que venga a buscarnos le contaré que somos un bonito oxímoron, y prepararé un té justo cuando comience a brillar la luna.

No sé cuándo tiempo te quedarás, pero sé que vas y vienes. Sólo te pido una cosa: cuando tengas que irte, bésame los ojos y déjame dormido hasta que regreses.

Ahí estaremos (21/6/2015)

De planes y sombras, de calles y juicios, de sed y de vértigo... en la curva de los labios del cuervo, en la curva de mi cimitarra; en los pasos imperceptibles en tu ventana... ahí estaré, ahí estarás, ahí estaremos. Donde se bañen de gris brillante los ríos, donde se escondan los nómadas, reacios y traicioneros, ahí estaré, con mi estocada certera, con el ímpetu en la hoja y en la piel que se desliza sobre ella... ahí estaremos.


Si corres, debes saber que no hay abismo, que no hay espina, que no hay infierno lo suficientemente puntiagudo, que no hay veneno más potente, que ahí estaré. 

Si te quedas, debes saber que no hay momento, que no hay camino, que el sol se pone y ahí estarás, ahí estaremos.

Me gustan las ondulaciones de tu cabello porque se enredan en mis tobillos; me gusta la forma en que con una mano borras una cicatriz y con la otra me marcas la piel.

Entonces te detienes y saltas sobre la hoja, porque has pensado en una nueva frase que no puede esperar. Y me escribes la vida mientras yo te abrazo y te beso detrás de tus orejas saladas y delante de tus mejillas dulces, limpiando tus lágrimas ácidas y tomando el lápiz para hacerle justicia a tus ojos picante oscuro.

Del alba y de los ojos cansados, de dientes y de sonrisas, toma mi mano y ahí estaré... ahí estaremos.

Un ejército de constelaciones (16/6/2015)

—Míranos –le dije, con la mirada perdida todavía, navegando en el perfume de los recuerdos latentes, mientras paseaba mis dedos por una vena de sus delicadas manos, que se dividía y luego volvía a hacerse una.

Los cabellos de ella se desparramaban por la almohada, en círculos simétricos y asimétricos. Un curioso desastre.

—Tienes tantas constelaciones guardadas en esos ojos –proseguí con la voz suave y dulce que le dedicaba sólo a ella– que siento como si ensancharas mi mundo un poco más cada tanto que me miras.
—¿Duele?

Así era ella, y a los oídos del resto del mundo pudiese haber sonado despiadada, pero esa mueca ligera, casi imperceptible, hacía que para mí todo valiera la pena. Me acerqué un poco más a su ser y la abarqué, como si volara en su regazo y fuera a caer si la soltaba. Luego de eso fue que respondí:

—Hace cosquillas, de hecho.
—Me refiero a la herida, tonto.

Apuntó con su dedo índice a la línea diagonal que estaba en mi pecho y fue cuando noté que estaba sangrando de nuevo. Con cada inhalación, la herida se abría un poco, como una gran boca, y apartar la mirada de sus constelaciones hizo que comenzara a sentir un ardor infernal. Decidí mentir para devolverle la sonrisa:

—Sólo molesta un poco. Descuida.

Y sus muros (todos y cada uno de ellos) resultaron abatibles ante la forma en que la besé esa noche. Aberración era no nadar por todos los cauces visibles e invisibles que la recorrían.

—¿Cómo haces? –me preguntó a las horas.
—¿Para qué?
—Para luchar tanto y no perder. Para matarlos a todos y continuar en pie.
—Resulta –le dije entre besos y sonrisas– que tengo mil musas que abaratan mis combates. Mil musas, todas encerradas en tu cuerpo; todas con el mismo aroma. Estás en mí, luchas conmigo... y nadie más tiene tal ejército respaldándolo.

Me di la vuelta a tiempo para ver cómo la manilla era forzada con suma cautela, intentando tomarme por sorpresa.

Las sábanas me pusieron mala cara cuando me levanté de la cama y coloqué a mi ejército de constelaciones sobre mi espalda. Los cuerpos comenzaron a caer, uno a uno, a medida que amanecía.

Psicología sublime (8/6/2015)

—Pase adelante.
Con paso seguro, entré en esa habitación opaca que yo tanto conocía. El tablero de ajedrez con piezas de cristal esperaba, listo. Abracé fraternalmente a mi amigo, quien detuvo momentáneamente su acción de servir dos tragos de un exquisito licor cuyo nombre desconozco y me devolvió el abrazo con el mismo ímpetu.

—Me alegro de verlo, amigo.
—Lo mismo digo. ¿Me toca jugar con negras?
—En efecto.

Eran aproximadamente las 2 de la mañana y mi día había sido una despiadada pesadilla. Me senté frente a las piezas negras y tomé un peón del costado izquierdo entre mis manos, para combatir la ansiedad. Le daba vueltas entre mis dedos y tenía una curiosa sensación con respecto a él. Estiré un poco mis piernas adoloridas y no tardé en encender un Marlboro.

Mi compañero me siguió pocos segundos después, depositando ambos vasos en la mesa, cerca de sus dueños.

—¿Todo en orden? –me preguntó con una mirada escrutadora.
—Creo que sabes la respuesta a esa pregunta.
—¿La chica de nuevo?
—Inevitable y placenteramente.
—Veamos –se limitó a decir, antes de comenzar la partida.

La inusual apertura Bird era algo a lo que nunca me había enfrentado, por lo que me detuve a pensar incluso antes de mi primer movimiento. Una voz me dijo, mientras dejaba de jugar con el peón en mi mano y lo colocaba de nuevo en su puesto con delicadeza, que estaba perdido. Fue desagradable sentirse momentáneamente derrotado incluso antes de hacer un movimiento, pero me deshice de la idea tajantemente, e inicié lo que consideraba el mejor contraataque.

La forma en que se libraba la guerra en el tablero me llevó a comenzar una maniobra agresiva con mis dos caballos, que mi oponente no tardó en notar:

—Como tu psicólogo, es mi deber decirte que, por la forma en que mueves los caballos, es evidente que estás enamorado de esa chica.

Lo miré, suplicando que estuviese bromeando, pero su mirada se mantuvo impasible y la verdad cayó sobre mí como una monstruosa ola, embistiéndome con toda su fuerza. Lo estaba, y el problema no terminaba ahí:

—El amor se combate con los alfiles, que son calculadores y se mantienen a distancia. No se puede herir a un alfil con facilidad; pero tu cambiaste tus dos alfiles por mis dos caballos y preferiste una danza agresiva y poco analítica. Y cuando menos te lo esperas, lo pierdes todo.

Lo vi antes de que siquiera levantara el brazo, pero no había absolutamente nada que hacer. Había caído de lleno en la trampa, y su alfil de casillas negras se deslizó por la gran diagonal, capturando a mi preciada dama.

Tomé a mi rey desesperado y pensé en devolverlo al tablero acostado, rindiéndome. Era lo más natural y razonable. Yo mismo me aburría cuando mi oponente continuaba jugando y se veía claramente derrotado. Sentí su soledad más mía que suya, impregnando todo el cristal. Pero hay veces que uno tiene que ver el final con sus propios ojos, por más obvio e inevitable que parezca. Puse el rey de nuevo en el tablero, de pie y sustituyendo al despiadado alfil... un alfil que decapité con un leve crujido.

—Si pierdo, te pago el tablero completo –me limité a decir quedamente.

La partida prosiguió como prosiguen este tipo de partidas: un animal al acecho intentando liquidar a un lobo herido. Avanzo tercamente el peón con el que minutos antes había estado jugando, mientras a cada turno mis esperanzas parecen desmoronarse con un nuevo intercambio de torres, de peones, de fuerza.

"Simplificar", lo llaman... preparar el terreno para poder asestar el golpe letal. Y otro avance del peón, un tanto resignado, efímera esperanza.

—¿Y si pierdes?
—No sé, ni quiero saberlo.
—Es inevitable.
—Tarde o temprano, supongo.

Y fue entonces cuando descubrí la jugada, justo cuando vestigios del olor de su piel me hacían extrañarla, como de costumbre... justo cuando mi lengua se paseó por lo pasillos de mis labios, encontrando aquí y allá las hendiduras, ahí donde sus dientes habían encontrado hogar. Agregué, mientras retiraba del tablero un cabello largo y azabache:

—Hoy no, sin embargo.

El sacrificio de uno de mis enamorados caballos era una jugada difícil de concebir.

—Al mejor estilo de los románticos –dijo mi psicólogo, anonadado.
—No te rindas, por favor. Necesito verlo.

Mi amigo, entendiendo la importancia del momento, tomó el caballo sin replicar. Dos turnos después, mi peón completó su viaje hacia la octava fila, y mi dama volvió más majestuosa que nunca, dando el jaque mate. Luego atendí al llamado de un par de ojos nocturnos y hermosos que me esperaban pacientemente al pie del edificio de enfrente. Me levanté, colocando una faja de billetes en medio del tablero.

—Es mucho.
—Por el alfil –dije, encongiéndome de hombros–. No quiero tener nada que ver con él.

Abajo cantaba la luna... la iba escuchando mientras bajaba por las escaleras, ansioso.

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miércoles, 3 de junio de 2015

De Caracas y la Melancolía - José Tedesco y "Elise" (pseudónimo) 3/6/2015

El líquido ambarino reposaba en la botella que habían vaciado a la mitad; la segunda de esa noche. La pesadez agobiante del alcohol se colaba en los tres hombres que permanecían sentados en el balcón, todos con sonrisillas tontas, ebrias. 

—Ciudad de mierda– dijo Diego, ante el barullo y las luces de Caracas.

Armando sólo contempló su silueta contra el resplandor de los faros de los carros que pasaban por la calle, sin pronunciar palabra. 

El tercer personaje, mayor que los otros dos, se levantó para dejar caer la colilla. La oscuridad permitió que la parábola roja quedara dibujada largamente en sus retinas:

—Caracas ha sido envenenada: se ha convertido en la amante puta de aquellos que creen que la patria es algo más que un verso. 

Lo dijo con aire quedo y dubitativo, como si se estuviera preguntando si él pertenecía a ese grupo. El ruido de los perros resonaba como un lamento maldito, como la agonía de la noche, como el llanto de una luna malograda, quebrada. Armando jugaba distraído con una piedra. Una lágrima silenciosa e inesperada aterrizó bruscamente en su mano derecha. Se salvó de que sus amigos se burlaran de él porque no se veía nada... "Los hombres no lloran".

Levantándose de golpe, Diego exclamó vagamente: 

—¡Qué importa! Dejemos los delirios a los poetas. Estancados ya estamos, nos unan o no lazos a este monstruo de concreto. 

Adrián ríe por lo bajo ante la declaración de su amigo y sirve más tragos. El alcohol siempre ha servido para ahogar lo que molesta, las vueltas al asunto. El ambiente se ilumina tenuemente cuando Diego revisa su teléfono, sonriente, y Adrián ya ve a su amigo enredado en los brazos de otra mujer de ojos encendidos.

— Tus "affaires" –dice, pronunciando exageradamente la palabra– te van a terminar matando. El muchacho guarda el teléfono y se encoje de hombros como diciendo: ¿Qué se le va a hacer?

Armando, ausente como de costumbre (quizá un poco más), deja escapar una risa queda y casi inaudible ante tal comentario.

—Cambia la música, Diego –dijo Adrián con suavidad, con el propósito oculto de apartarlo de su ensimismamiento. Bastaba con un amigo ausente, y no le gustaba la soledad.

Una figura delgada se levantó, desapareciendo tras una puerta entreabierta. Segundos más tarde, una música electrónica retumbaba en el ambiente, sin causar el efecto necesario. Entonces, Diego comenzó con sus historias absurdas para ver si disipaba un poco la nube melancólica. Todos los presentes reían de vez en cuando, quizá más de lo necesario, por efectos de aquel ron dulzón. Después de ponerse al día ( Armando hablando con naturalidad de a momentos y luego volviendo a su melancolía oculta), comenzaron a recordar el año en el que entraron a la universidad, y las risas disminuían a medida que los tragos y los cigarrillos aumentaban.

Era extraño: la edad se llevaba muchos problemas pero traía una conciencia estúpida, sobre-ejercitada. Y bueno, la conciencia puede corroer, puesto que te hace revisar cada paso con una precaución absurda.

¿O es, quizá, el miedo y la cobardía que vienen con la edad? La valentía se escurre entre los dedos y desaparece... (dos lágrimas más de Armando). El miedo es lo que te obliga a mirar atrás, a no querer cortarte dos veces con el mismo filo.

Poco a poco, ventana a ventana, la ciudad se iba durmiendo... pero ya basta de divagar.

Son las cinco de la mañana y no recuerdo cuándo me quedé dormido. Mi ropa está húmeda, seguramente por alguna bolsa de hielo que se ha derretido, olvidada en una esquina. Cuando trato de ponerme de pie, mis manos se empapan y resbalan. Lanzo una maldición entre dientes y me incorporo para buscar algo que absorba el agua... ¿el agua? Un movimiento quizá involuntario me llevó a pasar una de mis manos por mi boca. El sabor metálico fue insoportable y el miedo inmediatamente se esparció por todo mi cuerpo.

Cuando por fin se encendió la luz de la casa, mi grito desaforado acabó con la quietud del sitio. Creo que nunca olvidaré la figura de Adrián, sin ojos y completamente desangrado, y Armando, a su lado, con una, dos, tres lágrimas en el rostro... temblando, con la botella de ron en la mano. 

—Ciudad de mierda –juro que lo oí murmurar.

Wellfare, or not (27/5/2015)

El resplandor negro oscuro iluminaba el segundo piso del salón de costumbre, donde lagunas profundas y estancadas absorbían la delicada melodía... maniatadas marionetas mezcladas momentáneamente, miradas minuciosas, muertas, masacradas monstruosamente... maldita melancolía; ¡mírame, Misterio! ¡Miénteme menos! ¡Mátame más!

Abre tu deliciosa boca un segundo, deja la sangre escurrirse por los resquicios de tus dientes... y permíteme vertirme vorazmente...

-2?;421§,*;35§

...verde, vandálico, vete, Vladiamp.

?;40+-2+*2-+*7429

Goodbye, darling.

Seré tenue, discreto y tajante: dopo questa sera, "questo" non sarà (mai) lo stesso... y la sonrisa... y de nuevo las lagunas profundas y estancadas ahogando todo en el segundo piso... y yo ahí, sin respirar, escribiéndole a la muerte a pinceladas en una noche sin luna.

*41+*2+8§¿§6§¿§:§ð+*+-+1-2

jueves, 21 de mayo de 2015

Quédate - José Tedesco y “Elise” (seudónimo) 21/5/2015


Poco antes de que cayera la noche, los habitantes del pueblo, cuyo nombre no me atrevo a mencionar, se encerraron en sus lúgubres casas, aterrados. Muchos incluso apagaban las velas y se escondían bajo la cama. El terror que los invadía se podía percibir en el aire, en el agua, en cada detalle... quizá por eso el pueblo terminó muriendo.

Como de costumbre, nuestro personaje encendió un cigarrillo y comenzó una nueva lectura. Su amada estaba arriba, cómodamente en su cama con un esposo que ella no quería tener, pero que no podía evitar. Irónico, teniendo en cuenta lo aferrada que estaba a la promesa de la libertad.

Y el allí abajo imaginando; y ella allí sobre su cabeza soñadora, cual ninfa, custodiada por la bestia que dormitaba en su regazo. El peso terrible de aquel ser lleno de sombras la hundía en las sábanas.

Los días y las noches eran abismalmente diferentes para él. Tenerla de momentos para luego perderla era algo con lo que jamás podría lidiar, pues nunca podría adaptarse a los amores erráticos.

Escuchó un llanto agudo, dándose cuenta de que Claudia había quedado en la calle y estaba siendo retirada desesperadamente de lo que creían era una zona de peligro.

"Allí donde se cuele la luna..." decían, sin tener la menor idea de que no estaban en peligro. Nadie estaba en peligro... todavía.

—Dichosa Claudia, –pensó– no se la ha tragado el miedo; puede ver al cielo directamente sin temor a ser juzgada. Puede pecar libremente.

Luego recordó que es el miedo lo que mantiene vivo y se olvidó de esa envidia absurda.

Pensar sobre el miedo hizo que su mente le propusiera, casi sin ánimos ya, otro intento. Se levantó tembloroso, se acercó a la puerta del sótano... quedó petrificado como siempre, con la mano en la llave que ya estaba dentro de la cerradura, sin atreverse a girarla, sin atreverse a hacer nada.

Asqueado de sí mismo por su cobardía, volvió sobre sus pasos y retomó la lectura, extrañando de un modo enfermizo el olor del cuerpo de su amante.

Leía la misma página una y otra vez, encendía un cigarrillo tras otro, pero aun así no podía dejar de sentir el roce de sus hermosos cabellos, con olor a lluvia, contra su pecho, torturándolo.

La escuchó cantar con voz trémula, asustada. Tan cerca y tan lejos, tan fuerte y tan débil. Ardió en cólera, porque ella no se resolvía a huir.

— ¿Tú también temes? Pero él es sólo un hombre. Él también sangra, a él también le dolerás cuando por fin desaparezcas... él también sabe que no te tiene, y también ansía que te pierdas en su voz.

Lo peor de todo es que él tenía marcas de mordidas aun ardiendo en su piel, y ella estaba allí, a su alcance. ¿O no? 

Llevaban meses sin dormir juntos siquiera una sola vez, y costaba soportarlo.

El silencio en las calles era sepulcral. Incluso los animales se habían ocultado, y la brisa procuraba pasearse lentamente, para no hacer ruido.

"Allí donde se cuele la luna... corre".

Escuchó el ligero chirrido que delataba que ella se había movido en la cama y se sobresaltó.

La réplica del sonido perforaba sus sienes... y pensar que media hora antes él estaba sobre ella entre esas mismas sábanas.

¿Se iría él? ¿Se irían los dos para siempre? La segunda opción parecía la más lógica: ella siempre parecía estar a punto de irse, pero él simplemente no podía abandonar la casa, ni intentar salvarla. Se acercó a la puerta por monotonía y volvió a alejarse a los pocos segundos, sin siquiera haberla tocado. No quería perderla, pero no había nada que pudiese hacer... ¿o sí?

Decisiones... decisiones. La mujer en el piso superior temía y despreciaba al hombre que  estaba en su cama, pero cuando estaba a punto de marcharse, él le daba una razón para no hacerlo, y volvían a los mismo. Él con los ojos y la vida turbios y ella cantándole, cada vez con menos voz, canciones cada vez más breves.

El pelinegro se quedaba cada noche en aquel sótano, y ella lo quería de nuevo contra su piel para que se llevara todo, para que lo borrara todo, para que se llevara cualquier vestigio del tacto de la bestia... para que colmara sus deseos.

Tic... tac... tic... tac... tic... tac...

—No sólo tú tienes demonios, Clarisse; se acabó. Esa fue la última noche de ese pueblo gris y polvoriento. La puerta cayó destrozada de una patada, y los rugidos del cuarto de arriba no se hicieron esperar. Cuando Víctor finalmente le hizo frente a la situación, "el esposo" estaba dentro de ella, como de costumbre. Los ojos desorbitados de su amante le
demostraron que no estaba en todas sus facultades. Él abrió bruscamente el recipiente con un líquido extraño, con un olor muy fuerte, y comenzó a rociarlo por toda la habitación. Ella seguía fuera de sí, sin poder hacer nada. La figura, semejante a la niebla, finalmente salió de
ella y arremetió contra Víctor, que lo rechazó con impaciencia. En su mente no había espacio para más nada: era necesario destruir lo que se apoderaba de Clarisse. La figura trató entonces de volver a su acostumbrada víctima, pero Víctor frustró el intento con una voz endemoniada que envenenó a la mujer:

—Quédate conmigo, por favor.

Cuando las llamas alcanzaron el líquido que estaba por todos lados, los amantes ya corrían lejos, ajenos a la explosión que se extendería por todo el pueblo y convertiría en cenizas a Claudia y su falta de miedo.

Dicen que los gritos del esposo todavía se escuchan por las noches, clamando primitivamente por una fuente de alimento.

No lo sé... estoy muy lejos del sótano y de la desesperación... aunque sigamos sin dormir juntos.

Allí donde se cuele la luna... corre. No preguntes, no titubees, no voltees: corre, porque ella es caprichosa y no te quiere dejar ir. 


Quédate conmigo, por favor.

sábado, 16 de mayo de 2015

Dos Lunas - José Tedesco y "Elise" (seudónimo) (14/5/2015)

—Mira el horizonte, Annia: se acerca.

La mujer apenas se volteó a mirarle con una sonrisa queda:

—Nunca he entendido tu amor por lo inminente– sus ojos fijos en los de él.

—Sucede– continúa él, poniendo su dedo índice izquierdo en unos labios rojos que palidecieron al instante– que no quiero ser encontrado una vez más.
El aullido de la luna no se hizo esperar. Mostraba sus dientes plateados en señal de peligro.

Ella rió de manera suave y tomó la mano que él antes había posado en sus labios, examinándola mientras hablaba:

—Deberías saber que esa posibilidad también se nos viene encima. ¿O es que has olvidado que las traiciones están destinadas a repetirse?

"Traiciones... traiciones... traiciones..." La palabra hacía eco en su cerebro, rebotando como una mosca atrapada. Sintió una punzada placentera, y salió de su ensimismamiento para contemplar con cariño a Annia mordiendo uno de sus dedos y bañando de escarlata sus hermosos labios. La besó en la frente antes de hablar:

—No es el momento, Annia. Quiero un rato más de oscuridad a tu lado antes de que la batalla sea inevitable. En ese momento, prometo que dejaré que me encuentren.

Ella tomó la sangre que fluía de la herida entre sus dedos también, como si estuviera guardando algo de él; su rostro atascado en una expresión ausente.

—Como desees– murmuró, con una despedida quemándole la boca una vez más; otra repetición, casi una costumbre. Y se preguntó si no los había condenado con esas palabras, pero no intentó remediarlo.

Haciendo caso omiso de su acostumbrado titubeo, y sintiendo a su bestia interna despertar del profundo sueño, el capitán comenzó a caminar aceleradamente, escondiendo una sonrisa entre las sombras. Le hacía gracia escuchar cómo trotaba a sus espaldas para seguirle el paso. Su respiración, por otro lado, se entrecortaba dolorosamente, y él no sabía si esa noche Annia jugaría con sus cabellos y lo ayudaría a controlarse.

Veía su espalda desdibujándose contra la oscuridad y por momentos sentía que si lo perdía de vista, él iba a desaparecer. El sonido de la respiración errática era lo único que la calmaba, porque delataba su presencia.

Una vez en la cueva, como si su cuerpo hubiese estado esperando esa señal, el capitán cayó de rodillas, atormentado por la bestia de fuego que se retorcía en su interior. Annia lo tomó en sus brazos y apretó fuertemente, como si quisiera dejar una cálida marca.

. . .

Hay un lugar donde las cosas inmortales encuentran una muerte placentera. Allí, pero sólo de soslayo, se puede divisar un cierto hilo de humo muy fino, que conduce a una puerta, que conduce a una habitación secreta, que conduce a una cama de hierro suave, que conduce a un sueño de 5 horas del que nunca se despierta intacto.

Sin ademanes ni empuñaduras, la flor de loto en medio del océano, y el abismo firme y frío, con su mirada petrificada hacia arriba, directo a unos ojos que no pueden descifrarlo.

Levanta las manos hacia un pasado que se eleva en lineas sinuosas e incoloras. Cada una se desprende de su pecho y se evapora, desaparece. Trata de aferrarse a ellas en caso de que las necesite, en caso de que el retorno no sea solo una ilusión, y cierra los dedos contra el aire. Levanta los ojos y ve al olvido allí, sonriéndole mientras devora todo con parsimonia.

—Calla, para que te encuentre...
calla, para que no te encuentre más nadie...
calla, para que no me atormentes las venas, ni los ojos, ni la piel...
sólo calla, y escucha.

Apenas alcanzó a darse la vuelta justo a tiempo para ver por una fracción de segundo a la mujer que lo envolvía con una tela negra y que había pronunciado esas palabras.

Comenzó a caer, envuelto en un silencio sepulcral... Al despertar sobresaltado, descubrió a Annia aferrada a su mano izquierda y se calmó al instante, para no despertarla con su respiración. Sus labios cubrían uno de sus dedos, como un beso congelado... como las más cálida caricia estática.

La luna seguía allí, delatándolo como de costumbre. A veces, sentía su presencia incluso de día, como un hábil fantasma: era la luna de Borges, la luna al acecho. Quería irse, pero Annia... apretó su pecho contra su espalda, besó sus cabellos, y estaba dispuesto a esperar pacientemente hasta el amanecer.

Pero ella no dormía ya, no había manera de permanecer calmada esa noche. Abrió los ojos lentamente, escuchándolo respirar. Su mano todavía allí contra la suya.

—Te has condenado– murmuró en un tono neutro, con voz ronca y rasgada , mientras le soltaba la mano lentamente. Parecía que sus pieles se hubieran unido para evitar una despedida.

Él no sabía si soltarla o no. Se limitaba a estudiar el brillo particular de sus ojos, hasta que un aullido lejano le arrebató el ensimismamiento. Se puso de pie, dejando caer las sábanas de hierro, y quiso correr. Sin embargo, se mantuvo donde estaba, y armándose de valor, intentó soltar lo que llevaba tanto tiempo luchando por salir:

—Vla... dimir. Mi nombre, querida Annia, es Vladimir. Te protejo porq...

Ella se abalanzó sobre él, callándolo con sus envenenados labios. El beso, explosivo y a la vez lleno de una calmada desesperación, desapareció por instantes el oxígeno de la cueva.

—No quiero saber. Confía en mí: será mejor para ti.

—Es una despedida, pero no tiene que repetirse siempre –respondió él un poco desconcertado, quizás por el gesto torcido que ahora se había adueñado de la boca de ella.

Negando suavemente, Annia comenzó a hablar con un tono quebrado:

—No hay nada que hacer. Las traiciones vuelven, quieras o no.

Le miró a los ojos por lo que ella sabía sería la última vez y lo abrazó de una manera tosca mientras hablaba de nuevo:

—La luna que ves es en cielo no es la que te ha traído aquí: ha sido tu otra luna– le dijo a modo de disculpa.

Sin más preámbulos y con una elegancia inesperada, la mano derecha de Annia (la misma que había mantenido la mano izquierda de él contra su boca) descendió en picada sobre su propia ropa, como un pelícano, extrayendo la afilada presa que aterrizó inmediatamente a medio centímetro del cuello de Vladimir.

—Lo tengo– dijo con una voz inexpresiva.

Y salió de la nada para recibir su recompensa, y el viento parecía una carcajada repugnante. Vladimir elaboró su mejor sonrisa y clavó sus ojos en Annia; no en sus ojos, ni en su boca: en ella... en toda ella al mismo tiempo. Acercó su rostro al de ella, y la daga cortó ligeramente su cuello. Ella ni siquiera se movió cuando él plantó en ella su más poderoso beso.

—Lo supe desde un principio –dijo Vladimir, mientras tomaba delicadamente la mano derecha de la pequeña criatura con sus dos manos–. Sin embargo– se inclinó para besar el dorso de aquella mano congelada– yo decido mi destino.

La abrazó con tal rapidez que al principio ella ni siquiera entendió qué pasó. El tercer invitado se retiró sin dejar rastro, y Annia y Vladimir quedaron ahí, abrazados, mientras el suelo se teñía de un carmesí turbio, cuya marca no se iría nunca.

Porcelana etérea (2/5/2015)


Luces, vida nocturna. Estoy de pie en el medio de la autopista y los carros convenientemente me ignoran. Se me escapa una pequeña flama entre los dedos cansados; se me fosiliza la garganta... la piel (la tuya) se me escurre como un manto, lo pierdo todo y caigo lenta y profundamente. 

No queda sino ser las olas cuando la vida te deja en una pequeña embarcación en el medio del mar, sin remos. Y surges, luego de muchas noches de vampirismo, luego de muchas lunas ahogándose en el mar. Y yo no quiero soltarte aunque me absorbas completo por las manos, o por los ojos. 

Cierro los ojos para ver las imágenes surgir. Cierro los ojos para leerte. Cierro los ojos porque tus energías no cargan ropa y aprecio tu desnudez. 

Entras en la noche mientras duermo, te cuelas entre las sábanas y desapareces si te miro. Te pido que no te vayas y escucho el portazo a lo lejos, despertando mis instintos más salvajes. 

Ganas de ahorcarte, de agrietar la porcelana de tu pálido rostro y darle un gélido beso mortal, para quedarme de pie frente a la cama, como todas las noches, esta vez viéndote desvanecer en pedazos. Luego sí, recuperar la calidez y perderte en las cicatrices de mis brazos... besarte en la frente y hundir mi alma en tus cabellos hasta que te duermas. 

No hay razón para detenerse, no hay razón para no clavar los dientes en la burbuja, para no destruir todo sin piedad. 

Pero duerme mientras se parten las copas, mientras ignoras lo que pasa. Duerme, lejos, en tu pesadilla profunda, donde el oxígeno es viciado... donde no hay ni ventanas.

Resurrección (19/4/2015)

El camino es un magnífico cementerio de lunas disecadas que fueron devoradas sin piedad por los insípidos dientes de fuego.

La frente en alto, y la espada traicionera: el hongo crece en la quietud, el lobo agita la virtud entre sus dientes.

—Una vez más.

Y tu figura, tan serena y temblorosa... parece que vivieras aquí. Se escapa el acecho por las copas de los árboles, retiene el sabor de un recuerdo latente.

Tu sonrisa cuando notas la presencia.

Alrededor de tu cuello, pero sin ahorcarte; siendo tu capa, tu escudo, tus manos, tu boca... tu boca.

Divago porque debo hacerlo, aspiro tu calor porque me alimenta, te arranco la piel para revivirte.

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Bésame (5/3/2015)

—No entiendo.

Terminó el cigarro con parsimonia antes de hablar:

—La metáfora –comenzó con calma– es un universo distinto. Es mejor un cuchillo que besa una piel suave que una cuchillada a un ser inocente: dicen que mueres con una sonrisa.
—¿Por qué el beso?
—Porque el beso –y se inclinó para plantarle uno y llenarse con la calidez de sus labios antes de continuar– es una metáfora en sí. Si nos ponemos espalda con espalda, a pesar de estar desnudos, no sentiremos nada especial. En cambio la boca, esa pequeña ventana por donde saltan tantas cosas... si te beso los labios te beso las palabras con mis palabras, te beso la sonrisa y el honor; si te beso... puedo desarmarte, traicionarte, acariciarte el alma temblorosa y hacerle un espacio en mi fogata.
—¿Estás triste?
—Es mi deber estarlo: soy escritor. El escritor feliz es un sutil oxímoron. Y si estoy feliz, debo entristecerme, atiborrarme de «malinconia». Luego de sentenciar la hoja, se puede sonreír de nuevo. 
—¿Duele mucho?
—Pensé que hablaríamos de otras cosas. A veces duele un poco, por un error de cálculo. A veces es escandaloso y uno se asusta... pero generalmente no duele.
—¿Lo has hecho muchas veces?
—Sí. Ya es tarde... y "tarde" es precisamente la hora adecuada.

Y entonces se acostó en la cama. Yo estaba ahí, encerrado... ajeno e involucrado. Vi cómo la besaba por todo el cuerpo, unas 20 veces... hasta que se quedó dormida con una sonrisa.

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Desterrado Judas (16/2/2015)

«La sonrisa, a veces, es una respuesta» Anouk Scheifes.


—Una sola, ni más ni menos.
—¿Y luego?
—Luego bailamos en el puente. Mira que hay sol y llueve.
—¿Y al demonio de una mano?
—Un goodbye, un au revoir, un ci vediamo (magari no).
—¿Te desnuda?
—Son de lija las caricias, y los besos de un tal Judas.
—¡¿Y si yo...
—Hace frío, y me duele la cabeza. ¿Y si te robo los signos de interrogación? ¿Y si te llevo a otro lugar y los dejo en la mesa? No, no quiero otra cerveza, ni que hables, mucho menos. Quiero perderme en tu cuello, embriagarme con la bri... no se te ocurra hablar, sólo dilo con la boca, que en entender no tengo prisa... que con Judas desterrado, bailaré con tu sonrisa.


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Te estoy... cuidando (14/2/2015)

«And by the power of a word
I start my life again
I was born to know you
To name you

Freedom»
Paul Éluard - Libertè.


—Cuando cuente tres, saltas.
—¿No me pasará nada malo?
—Te estoy... –larga pausa, exhalación profunda, pulmones muertos por un par de segundos, palidez en su rostro, como si le costara la vida pronunciar la última palabra; ínfima inhalación, lo suficiente para pronunciarla– cuidando.

Allá abajo, el mar se empeña incansablemente (pero con completa inutilidad) en desintegrar las rocas. Se las llevan a la boca mil, dos mil veces, las bañan en sus fauces de hambre y desesperación... y muerden con sus dientes espumados, hasta soltarlas, intactas. El "te estoy... cuidando" retumbaba en su mente. Nada le pasaría.

—Uno.

"Te estoy... cuidando" y el viento haciendo guerra con sus cabellos. Unos puntos negros se acercaban desde el horizonte, señal de que el tiempo se agotaba. Ella extrajo delicadamente un desgastado libro de su bolsa y se lo entregó. Lo tomó, pero no lo abrió: sabía lo que era y no soportaría leerlo en ese momento. El frío atacaba su boca, pálida y reseca. Y ahora una gota entraba en su ojo y no volvería a llorar, para no desperdiciarla.

—Dos.

"Te estoy... cuidando", y los puntos negros ya eran jinetes armados, jinetes sucios y armados... jinetes endemoniados, sucios y armados. Ahora, las estrellas parecen más lejanas, falsas. ¿De verdad algo es real? ¿Será la fiebre que ya está acabando conmigo? 

Nunca escuchó el "tres"; la besó profundamente y luego contempló sus ojos por una fracción de segundo, mientras empezaban a llover las flechas. Sus ojos, sus ojos... Tomó impulso y saltó con fuerza, para no terminar en las rocas. Abrazaba el libro con fuerza y pensaba: "te estoy... cuidando". A veces se me derrama el veneno y lo dejo correr lentamente por mi cuerpo, trazando el camino, pero nunca perderé tus ojos.

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Sarita (24/1/2015)

—Concédeme esta pieza– dijo con un dejo de impaciencia, tomando mi rey de madera y ahorcándolo hasta que el crujido le arrebató a la vecina la pálida esperanza de besar a su marido una vez más, y la hizo despertar agitadamente; partiéndolo en dos sin un atisbo de nostalgia en su rostro, cuando ya yo estaba a un turno de darle un jaque mate inevitable.

—Sé gentil– alcancé a decirle, como lanzando palabras metálicas en una fuente de mala muerte, como corriendo en campo abierto contra un francotirador experimentado–, que llegué hasta aquí con el alma desgarrada. 

Me inquietaba la forma en que cerraba con fuerza su mano izquierda, mientras con la derecha me amaba con inigualable ternura y empeño; se paseaba por mi frente y yo cerraba los ojos, como gato agradecido. 

Creo que la besé en ese momento, pero no viene al caso. El motivo de esta inusual carta (y ya descubrirás qué la hace inusual, además de que omití deliberadamente que sus características acariciaran siquiera las de una carta común), es pedirte que te escondas minuciosamente apenas puedas. De hecho, me haría enormemente feliz que lo hicieras en este momento, antes de seguir leyendo la carta. ¿Ya estás debajo de las sábanas? ¿No responderás si tocan el timbre? ¿No saldrás si escuchas que entran a tu casa? ¿No gritarás si escuchas los pasos acercándose? ¿Contendrás la respiración si tocan la puerta de tu habitación, que por supuesto has de haber cerrado? Prosigue con la lectura, entonces. 

Lo cierto es que su ternura parecía completar mi vida, hacerme un hombre pleno. También parecía eterna, pero cesó súbitamente, sin ninguna causa palpable. 

Entonces su mano izquierda se abrió, y pude notar la dificultad con que sucedía. Descubrí dos monedas, exactamente iguales y bañadas en sudor. Creo que incluso tenían una llovizna de sangre, producto de la fuerza con que ella las había apretado contra su propia mano. 

Saltaron al tablero y comenzaron a girar; primero lento, luego más rápido. 

Sé que debí correr en ese momento, mientras las monedas todavía bailaban en la blanca y negra pista de baile, pero morí como mueren todos los que tienen siete vidas: por curiosidad. 

Cuando abrió la boca, su hermosa mirada estaba muy lejos: había sido remplazada por dos abismos inundados que gritaban miles de palabras, todas al mismo tiempo. 

—Sarita– dijo con una voz muy suya, pero que nunca había escuchado y me heló el alma–, Sarita, ¿es a él a quien quieres? 

Como única respuesta, las dos monedas detuvieron su baile en seco y cayeron (seguro despertaron nuevamente a la vecina. Pobre, ella que alcanza a dormir sólo unas pocas horas, entre el insomnio, el trabajo y la depresión. Me hubiese gustado poder haberle pedido disculpas, aunque no fui yo la causa del ruido), ambas con la cara hacia arriba. 

La inyectadora fue más rápida que yo... y sin embargo, creo que alcancé a besarla antes de quedarme dormido.

Huyamos (25/12/2014)

Lo que quedaba de mi guerra era un océano de sequía, donde los peces más tercos todavía aleteaban en el polvo. Eso, y la vieja biblioteca, donde en los peores momentos todavía aparecía un gato negro a reposar en mi pecho.

Salió de un libro, irreverente y asustada. Infringió la ley, al parecer; se robó la llave fría de alguna puerta del cielo.

Me dijo "huyamos" y la seguí sin pensarlo. Nos perseguían la policía y unos cuantos seres mitológicos. Y yo no había hecho nada, pero ella dijo "huyamos", y yo, como dije, la seguí sin pensarlo.

Comenzó nuestra huída, y las rosas lloraban al vernos correr, pero su sonrisa taciturna se pegaba a mis costillas. Sus palabras aleteaban, meciendo la llama de las velas. Las fogatas nos duraban poco, pero la llama que había en sus labios no se extinguía jamás.

Un par de semanas después nos vimos acorralados entre una patrulla y un viejo fénix, pero yo confié en ella y cual harakiri, hundí la llave en el charco de mi pecho y la giré con dolor, sangre y dificultad. "Huyamos", me dijo.

Siglos después, comprendí que no era ella, ni era yo... éramos todos.

Vivan - José Tedesco (21/12/2014)

"Ningún juego te hará olvidar: tu alma es una máquina fria, un lúcido registro" Julio Cortázar.

Cerró la ventana con ademanes de dama, cerró mi manzana con mirada de villana, ahorcó mis modales, me amarró a la cama...

Vivan los instantes eternos, la felicidad inagotable.
Vivan los encuentros a escondidas, las mil veces que te hice el amor.
Vivan los besos guerreros, que luchaban a muerte contra el mundo.
Vivan las sonrisas y las caricias que levantaban a los muertos y los ponían a bailar.
Vivan los discursos sin palabras.
Vivan las lágrimas, ¿por qué no? Las inagotables lágrimas, los recuerdos salados.
Vivan las mentiras y las heridas.
Vivan las noches de excesos donde los recuerdos vuelven como bestias hambrientas.
Viva tu ausencia, vivan las pastillas para dormir.
Viva el adiós.

Una coz por una dama (28/10/2014)

Lo sacaron de su casa fingiendo un simple interrogatorio. Las esposas parecían tragavenados de hielo, ansiosas por arrancarle las manos. 

Por la forma en que disimulaban su sonrisa y contenían las carcajadas de satisfacción, él sabía que no lo liberarían fácilmente, o que no lo liberarían en absoluto. 

Los muy idiotas le vendaron los ojos al llegar, como si no fuera a memorizar el laberinto silencioso por el que lo llevaban con rapidez. Izquierda, izquierda de nuevo, y la pistola dándole besos salvajes al tatuaje en su costilla. 

Cuando llegamos a la sala de tortura, le quitaron la venda y pudo ver que tablero y contrincante ya lo estaban esperando. En la sala contigua, y gracias al espejo/ventana, vio a una mujer, completamente sola, que nunca había visto antes y que no podía verlo a él. 

Y apagaban la luz cuando no era su turno, 
y quedaba ella, sólo ella su mundo. 
Y ya que no podía perder más nada 
y que su pistola estaba guardada, 
ya que no veía ni noche ni alba 
sino su cara desesperada, 
ya que no podía aliviar su carga, 
se dedicó a observarla 
con la mente perdida, 
pues podía ser lo último que vería. 

Encontró en un rincón 
un paseo en la playa 
con su camisa de rayas 
y un vaso de ron. 

Sólo ella, sólo él 
como dos amantes expertos 
como si sus cuerpos tuvieran 
el sabor del otro 
como predilecto. 

Como si ya hubiese estado 
mil y un veces sobre ella 
como si el dolor en su costado 
fuese su huella... 

Como si no se alejara cuando se enciende la luz. 

Pasaron juntos toda la velada, 
y con el calor que tanto anhelaba 
pudo ver que con pinceladas 
creaba justas y algarabías 
hasta que se hizo de día 
y el océano de sequía 
le dolió a su mirada. 

Jaque. 

Le habían dado un par de minutos para soñar con aquella desconocida, pero ya volvía la amenaza del disparo y se encendían las luces para mostrarle el tablero. Su descuido salía caro, pues un alfil había penetrado en su defensa, y procedería a immolarse a cambio de la torre que le quedaba. 

Todavía se puede alcanzó a decir el caballo cuando saltó a interponerse entre el alfil y el rey, justo antes de que se apagaran las luces. 

En otro rincón 
encontró un templo 
y entró 
con determinación. 
Ya no hay alboroto 
ni huesos rotos, 
ni mucho menos 
desesperación. 

Ve la estatua 
con una estaca 
y en seguida nota 
que lo está viendo. 

No sé si magia, 
no sé si rito, 
abre los ojos, 
vomita gritos, 
le escupe muerte, 
comienza un sismo, 
y sabe que la estatua 
era él mismo. 

Jaque. 

El tipo sabía usar los alfiles. Le obliga a quitar el rey y luego su propio alfil estará fuera de juego, pero cuando lo hace, la carcajada es inevitable. 

El vidrio se empezó a resquebrajar cuando deslizó suavemente la dama por una larga diagonal, hasta dejarla frente a frente con el rey oponente. Su torre pareció salir corriendo por sí misma, hambrienta por la presa. La dama entendió lo que pasaba, pues salió ella misma del tablero, sin quejarse, con un beso en la mejilla. 

Cuando tomó el caballo para dar el salto que tenía planificado, el vidrio estalló en mil pedazos. El movimiento fue rápido: el caballo clavó una coz en la cara del rey. Alcanzó a decírselo, por satisfacción personal, antes de tomar a la mujer y comenzar a correr: 

Jaque mate. 

Todos sacaron sus pistolas, todos las vaciaron, pero era muy tarde. Ya el dolor en el costado se había ido, ya vivían otra historia, ya otra partida había comenzado. Ya estaban en la playa, o en el templo, o en otro lado... como un ataúd, por ejemplo. 

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