Páginas vistas en total

miércoles, 3 de junio de 2015

De Caracas y la Melancolía - José Tedesco y "Elise" (pseudónimo) 3/6/2015

El líquido ambarino reposaba en la botella que habían vaciado a la mitad; la segunda de esa noche. La pesadez agobiante del alcohol se colaba en los tres hombres que permanecían sentados en el balcón, todos con sonrisillas tontas, ebrias. 

—Ciudad de mierda– dijo Diego, ante el barullo y las luces de Caracas.

Armando sólo contempló su silueta contra el resplandor de los faros de los carros que pasaban por la calle, sin pronunciar palabra. 

El tercer personaje, mayor que los otros dos, se levantó para dejar caer la colilla. La oscuridad permitió que la parábola roja quedara dibujada largamente en sus retinas:

—Caracas ha sido envenenada: se ha convertido en la amante puta de aquellos que creen que la patria es algo más que un verso. 

Lo dijo con aire quedo y dubitativo, como si se estuviera preguntando si él pertenecía a ese grupo. El ruido de los perros resonaba como un lamento maldito, como la agonía de la noche, como el llanto de una luna malograda, quebrada. Armando jugaba distraído con una piedra. Una lágrima silenciosa e inesperada aterrizó bruscamente en su mano derecha. Se salvó de que sus amigos se burlaran de él porque no se veía nada... "Los hombres no lloran".

Levantándose de golpe, Diego exclamó vagamente: 

—¡Qué importa! Dejemos los delirios a los poetas. Estancados ya estamos, nos unan o no lazos a este monstruo de concreto. 

Adrián ríe por lo bajo ante la declaración de su amigo y sirve más tragos. El alcohol siempre ha servido para ahogar lo que molesta, las vueltas al asunto. El ambiente se ilumina tenuemente cuando Diego revisa su teléfono, sonriente, y Adrián ya ve a su amigo enredado en los brazos de otra mujer de ojos encendidos.

— Tus "affaires" –dice, pronunciando exageradamente la palabra– te van a terminar matando. El muchacho guarda el teléfono y se encoje de hombros como diciendo: ¿Qué se le va a hacer?

Armando, ausente como de costumbre (quizá un poco más), deja escapar una risa queda y casi inaudible ante tal comentario.

—Cambia la música, Diego –dijo Adrián con suavidad, con el propósito oculto de apartarlo de su ensimismamiento. Bastaba con un amigo ausente, y no le gustaba la soledad.

Una figura delgada se levantó, desapareciendo tras una puerta entreabierta. Segundos más tarde, una música electrónica retumbaba en el ambiente, sin causar el efecto necesario. Entonces, Diego comenzó con sus historias absurdas para ver si disipaba un poco la nube melancólica. Todos los presentes reían de vez en cuando, quizá más de lo necesario, por efectos de aquel ron dulzón. Después de ponerse al día ( Armando hablando con naturalidad de a momentos y luego volviendo a su melancolía oculta), comenzaron a recordar el año en el que entraron a la universidad, y las risas disminuían a medida que los tragos y los cigarrillos aumentaban.

Era extraño: la edad se llevaba muchos problemas pero traía una conciencia estúpida, sobre-ejercitada. Y bueno, la conciencia puede corroer, puesto que te hace revisar cada paso con una precaución absurda.

¿O es, quizá, el miedo y la cobardía que vienen con la edad? La valentía se escurre entre los dedos y desaparece... (dos lágrimas más de Armando). El miedo es lo que te obliga a mirar atrás, a no querer cortarte dos veces con el mismo filo.

Poco a poco, ventana a ventana, la ciudad se iba durmiendo... pero ya basta de divagar.

Son las cinco de la mañana y no recuerdo cuándo me quedé dormido. Mi ropa está húmeda, seguramente por alguna bolsa de hielo que se ha derretido, olvidada en una esquina. Cuando trato de ponerme de pie, mis manos se empapan y resbalan. Lanzo una maldición entre dientes y me incorporo para buscar algo que absorba el agua... ¿el agua? Un movimiento quizá involuntario me llevó a pasar una de mis manos por mi boca. El sabor metálico fue insoportable y el miedo inmediatamente se esparció por todo mi cuerpo.

Cuando por fin se encendió la luz de la casa, mi grito desaforado acabó con la quietud del sitio. Creo que nunca olvidaré la figura de Adrián, sin ojos y completamente desangrado, y Armando, a su lado, con una, dos, tres lágrimas en el rostro... temblando, con la botella de ron en la mano. 

—Ciudad de mierda –juro que lo oí murmurar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario