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viernes, 31 de julio de 2015

Psicología sublime (8/6/2015)

—Pase adelante.
Con paso seguro, entré en esa habitación opaca que yo tanto conocía. El tablero de ajedrez con piezas de cristal esperaba, listo. Abracé fraternalmente a mi amigo, quien detuvo momentáneamente su acción de servir dos tragos de un exquisito licor cuyo nombre desconozco y me devolvió el abrazo con el mismo ímpetu.

—Me alegro de verlo, amigo.
—Lo mismo digo. ¿Me toca jugar con negras?
—En efecto.

Eran aproximadamente las 2 de la mañana y mi día había sido una despiadada pesadilla. Me senté frente a las piezas negras y tomé un peón del costado izquierdo entre mis manos, para combatir la ansiedad. Le daba vueltas entre mis dedos y tenía una curiosa sensación con respecto a él. Estiré un poco mis piernas adoloridas y no tardé en encender un Marlboro.

Mi compañero me siguió pocos segundos después, depositando ambos vasos en la mesa, cerca de sus dueños.

—¿Todo en orden? –me preguntó con una mirada escrutadora.
—Creo que sabes la respuesta a esa pregunta.
—¿La chica de nuevo?
—Inevitable y placenteramente.
—Veamos –se limitó a decir, antes de comenzar la partida.

La inusual apertura Bird era algo a lo que nunca me había enfrentado, por lo que me detuve a pensar incluso antes de mi primer movimiento. Una voz me dijo, mientras dejaba de jugar con el peón en mi mano y lo colocaba de nuevo en su puesto con delicadeza, que estaba perdido. Fue desagradable sentirse momentáneamente derrotado incluso antes de hacer un movimiento, pero me deshice de la idea tajantemente, e inicié lo que consideraba el mejor contraataque.

La forma en que se libraba la guerra en el tablero me llevó a comenzar una maniobra agresiva con mis dos caballos, que mi oponente no tardó en notar:

—Como tu psicólogo, es mi deber decirte que, por la forma en que mueves los caballos, es evidente que estás enamorado de esa chica.

Lo miré, suplicando que estuviese bromeando, pero su mirada se mantuvo impasible y la verdad cayó sobre mí como una monstruosa ola, embistiéndome con toda su fuerza. Lo estaba, y el problema no terminaba ahí:

—El amor se combate con los alfiles, que son calculadores y se mantienen a distancia. No se puede herir a un alfil con facilidad; pero tu cambiaste tus dos alfiles por mis dos caballos y preferiste una danza agresiva y poco analítica. Y cuando menos te lo esperas, lo pierdes todo.

Lo vi antes de que siquiera levantara el brazo, pero no había absolutamente nada que hacer. Había caído de lleno en la trampa, y su alfil de casillas negras se deslizó por la gran diagonal, capturando a mi preciada dama.

Tomé a mi rey desesperado y pensé en devolverlo al tablero acostado, rindiéndome. Era lo más natural y razonable. Yo mismo me aburría cuando mi oponente continuaba jugando y se veía claramente derrotado. Sentí su soledad más mía que suya, impregnando todo el cristal. Pero hay veces que uno tiene que ver el final con sus propios ojos, por más obvio e inevitable que parezca. Puse el rey de nuevo en el tablero, de pie y sustituyendo al despiadado alfil... un alfil que decapité con un leve crujido.

—Si pierdo, te pago el tablero completo –me limité a decir quedamente.

La partida prosiguió como prosiguen este tipo de partidas: un animal al acecho intentando liquidar a un lobo herido. Avanzo tercamente el peón con el que minutos antes había estado jugando, mientras a cada turno mis esperanzas parecen desmoronarse con un nuevo intercambio de torres, de peones, de fuerza.

"Simplificar", lo llaman... preparar el terreno para poder asestar el golpe letal. Y otro avance del peón, un tanto resignado, efímera esperanza.

—¿Y si pierdes?
—No sé, ni quiero saberlo.
—Es inevitable.
—Tarde o temprano, supongo.

Y fue entonces cuando descubrí la jugada, justo cuando vestigios del olor de su piel me hacían extrañarla, como de costumbre... justo cuando mi lengua se paseó por lo pasillos de mis labios, encontrando aquí y allá las hendiduras, ahí donde sus dientes habían encontrado hogar. Agregué, mientras retiraba del tablero un cabello largo y azabache:

—Hoy no, sin embargo.

El sacrificio de uno de mis enamorados caballos era una jugada difícil de concebir.

—Al mejor estilo de los románticos –dijo mi psicólogo, anonadado.
—No te rindas, por favor. Necesito verlo.

Mi amigo, entendiendo la importancia del momento, tomó el caballo sin replicar. Dos turnos después, mi peón completó su viaje hacia la octava fila, y mi dama volvió más majestuosa que nunca, dando el jaque mate. Luego atendí al llamado de un par de ojos nocturnos y hermosos que me esperaban pacientemente al pie del edificio de enfrente. Me levanté, colocando una faja de billetes en medio del tablero.

—Es mucho.
—Por el alfil –dije, encongiéndome de hombros–. No quiero tener nada que ver con él.

Abajo cantaba la luna... la iba escuchando mientras bajaba por las escaleras, ansioso.

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